San Valentín…

¿Quién era San Valentín?

¿Acaso tú lo sabes?

Yo no lo sabía, no sabía la historia de este santo, de esta persona. Casi nadie sabría responder a esta pregunta, los enamorados celebran San Valentín cada 14 de febrero, el día del amor y la amistad, sobre todo del amor. Pero en realidad es el día en el que ejecutaron a Valentín.

Pocos saben que antes de ser San Valentín, fue solo Valentín, fue una persona de carne y hueso. Hay tres versiones de la historia de Valentín, pero la que mayor credibilidad tiene es la de un médico romano que abrazó la fe cristiana.

Era una persona racional, que creía en la ciencia, en la medicina para curar a las personas, pero también tenía una parte que podríamos llamar irracional, si la medicina curaba a las personas quizá las palabras podrían curar el alma de las personas.

Valentín, optó por la fe en Dios, optó por creer en lo que no veía. Esa fe le llevó a desafiar al mismísimo Emperador de la época.

El emperador era magnánimo, él prohibió el matrimonio, persiguió a los cristianos, como una secta ya que la máxima autoridad era él, y no había ni existía ningún Dios. Él era Dios, él era el que controlaba Roma y a sus ciudadanos.

Valentín le desafió, siguió predicando las enseñanzas en las que él creía y casando a todo aquel que hubiese encontrado a su otra mitad.

Cada uno de nosotros tenemos un propio emperador, alguien que está encima de nosotros, puede ser un jefe, un padre, una madre, la familia, etc.

Para mí, yo soy mi propio emperador, hasta hace poco lo era mi familia, porque su voluntad para mi era ley. No obstante, siempre he sido yo, la que me juzga y ejecuta la sentencia.

Pero a medida que he ido viajando sola, con una mochila me he dado cuenta de cuán poderoso es mi emperador, muchas veces he ejecutado la sentencia… Varias veces, lamentablemente.

E incluso me he sentenciado a morir, como lo hizo el emperador con Valentín.

Valentín aún encerrado en una celda no dejó que los barrotes le quitaran ni su fe ni su razón,  a través del acero, de esas rejas siguió haciendo lo que mejor sabía hacer, hablar y llegar a otras personas con sus palabras. A sus almas.

Sus palabras llegaron al corazón de su carcelero, y más tarde a la hija de éste. Julia, una niña ciega.

En  mi caso yo me he quedado encerrada en esa celda que creé, en mis recuerdos olvidados, en aquellos recuerdos que nunca he compartido con nadie por miedo y culpabilidad. Los enterré en lo más profundo de mi mente, esperando a que mi yo emperador decida  cuando va a ser el día de mi muerte.

Aunque estos días son más confusos y difusos, y mi  yo Valentín no quiere irse sin dejar huella en nadie.

Quiero que por lo menos mis palabras ayuden a alguna Julia, a mi Julia interior y que mi yo celador me deje libre por fin.

Y que como Julia al final se me caiga la venda que me tiene ciega y por fin me vea tal cual soy yo.

Quiero ser libre.

Quiero que mi muerte no se celebre entre alegría y olvido como el día de San Valentín, como una fiesta consumista donde se demuestra el cariño solo un día, solamente un día al año.

No.

No quiero ser ni Valentín, ni el emperador, ni el carcelero, quiero ser Julia.

Una Julia libre de su venda, de su ceguera. Una Julia lista para amarse así misma los 365 días al año.

Que no necesite de ningún Valentín para ser feliz, sino solamente de si misma…

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