La muerte que vive de amor.

Entre los relatos que conservo, este ha sido uno de los que me hace ilusión compartir. Lleva años guardado en un diario y otros tantos en un ordenador.

La muerte enamorada, muere de amor
Su no vida transcurría sin ningún contratiempo, era un individuo muy normal, bueno, quizá la palabra normal no era suficiente para describirle, pero él siempre se había sentido un ser sencillo, sin grandes cualidades, alguien del montón.
Cuando se acercó a la parada del autobús número 25, se detuvo a unos pasos de distancia de la fila que estaba esperando para subir, no le gustaba el contacto con la gente, le producía una sensación desagradable, le recorría un frío desde la punta del dedo gordo hasta la doble coronilla de la cabeza cada vez que alguien le rozaba.
Era una persona de costumbres y rutinas, sobre todo teniendo en cuenta su trabajo, él se regía por una serie de actos para llevar una vida normal, primero el despertador sonaba a las 5:40 de la mañana, encendía una pequeña lámpara blanca que estaba en su mesilla de noche. Miraba durante diez minutos la nada, antes de sacar el pie fuera de la montaña de mantas con las que dormía, después con toda la decisión del mundo se levantaba e iba directo al armario a sacar su vestuario impoluto; un traje negro, una camisa blanca, una chaqueta y calcetines negros para variar. A fin de cuentas, era su uniforme y él solo vivía para su trabajo, una vez enfundado en sus ropajes, iba directo a la cocina, tomaba una tostada y un vaso de leche, con la música muy bajita de los Beatles, comía durante unos largos 10 minutos. Por último, procedía a realizar su pequeño ritual de limpieza dental ante el lavabo, no había algo que detestara más que el aliento matutino, después del segundo cepillado sentía su aliento fresco cual anuncio de televisión.
Al salir, tomaba su abrigo y mochila negra, cerraba la puerta con llave, tres vueltas, era una buena puerta blindada protegiendo el pequeño mundo que había creado en su casa.
Una vez ya en el autobús se dirigió al último asiento de la derecha, saca su teléfono, sus auriculares y con la suave melodía de Sweet home Alabama, revisaba todos los datos de las personas a las que tenía que visitar ese día, eran ocho personas, no eran muchas, pero tampoco pocas. Entre reunión y reunión tenía un intervalo de una hora, tiempo suficiente para desplazarse de lugar a lugar, su día se acabaría después de su última cita que era a las 22:09.
No le gustaba para nada las horas inexactas, ¿Por qué no podía ser a las 22:00? O ¿por lo menos a las 22:10? Esas eran horas cerradas, redondas como diría él, pero no servía de nada quejarse, todo dependía de los de arriba, él era meramente un empleado.
Comprobó una vez la dirección de su primer encuentro, la calle Arrieta número 5, justo en el centro de Madrid, se alegró ya que ello le daba muchas pistas de cómo sería su primera clienta, una señora mayor, un asunto sencillo que quedaría solucionado en unos minutos y así fue, María Eugenia, 79 años de edad, viuda, con un solo hijo que vivía en Alemania de dónde nunca más volvió. María Eugenia era una señora de los pies a la cabeza, madrileña de toda la vida, dedicada a su marido y hogar, a los 19 años se casó con Ricardo Buendía y tuvieron a Ricardo hijo, Richard actualmente en alemán. Eran un matrimonio armónico de puertas para afuera, pero a Ricardo padre le gustaba disfrutar del alcohol en demasía y muchas noches antes de dormir también sus puños disfrutaban del cuerpo de su mujer y del rostro de su hijo, pero como toda señora, María Eugenia siempre callaría, cosa que su vástago siempre le reprocharía. Susana la vecina cotilla que tiene toda comunidad de vecinos que se precie, acudió como de costumbre a casa de su amiga para tomar el desayuno en el bar de la esquina y disfrutar del sol que bañaba Madrid durante la primavera, al no responder al telefonillo, Susana llamó al conserje, abrieron la puerta y se encontraron a María Eugenia tendida en el suelo de la cocina con los ojos muy abiertos como si hubiera visto un fantasma.
Terminada su primera cita, decidió tomar un café antes de dirigirse a la siguiente, lo más cercano era un restaurante de comida rápida que era mundialmente conocido, y había estado allí en otras ocasiones, no le gustaban mucho estos lugares, pero el camarero sabía lo que iba a pedir solo al verlo cruzar la puerta, un café americano y una galleta de chocolate. Iba tan ensimismado buscado la próxima dirección que chocó contra algo y cuando quiso darse cuenta de lo que había pasado, solo escuchó un lo siento y una figura menuda que se alejaba entre las personas que salían del metro. El contacto con aquella mujer, le produjo un escalofrío que le acompañaría durante todo su segundo desayuno. Odiaba que las personas entraran en su espacio personal, pero aquella mujer tenía buenos modales al disculparse y era algo que apreciaba. Había deducido que era una mujer a pesar de estar enfundada en un abrigo que era el doble de su talla.
Uno a uno iba tachando de su agenda los nombres del día, para la siguiente cita podía ir en metro y dado que era mediodía lo prefería ya que la opción de coger el autobús le planteaba tener que ir enlatado cual sardina, los autobuses tenía una placa que ponía un máximo de 60 personas, pero siempre parecía que iban 100.
Mientras espera en el andén, aún sin que nadie le hubiese rozado, sintió un frío, una sensación indescriptible, apartó la mirada del móvil, y vio que a su derecha estaba nuevamente la chica de la mañana, la que se había encontrado en la plaza de Ópera.
Esta vez, pudo distinguir su perfil, no contaría con más 21 años, llevaba unas gafas de pasta marrón que enmarcaban su mirada, y lucía un maquillaje muy ligero en los ojos. Lo que más resaltaba de su rostro eran sus labios, eran carnosos sin parecer obscenos, pareciese que estuvieran dibujados y pintados de color rojo. Un rojo tan intenso que incluso el color de la sangre palidecía en comparación, llevaba el pelo recogido en un moño alto, iba con unos auriculares en los oídos y estaba perdida en su mundo. Nadie la miraba, nadie la tocaba, estaba ahí sola entre tanta gente.
No se dio cuenta de que llevaba más de 3 minutos mirándola fijamente hasta que sus miradas se cruzaron y con el pitido del tren, se dio cuenta que las puertas del vagón se habían cerrado ante él e irremediablemente llegaría tarde a la cita de las 13:30 en el Hospital de San José y Santa Adela. Lo peor de todo era todo el papeleo que vendría después, tendría que rellenar formularios por triplicado, a los de arriba les gustaba en demasía los formalismos.
Cuando llegó a la habitación 303, ahí estaba María Teresa, dando su último aliento, sus hijos a su alrededor y sus nietos sollozando en una esquina de la habitación. Tere para los amigos y familia era una mujer fuerte, luchadora y no sabía cómo había compaginado el trabajo con la familia, a los 91años murió con una sonrisa en su rostro y el anillo de su marido en su puño, el cual nadie había logrado arrancar de sus manos muertas. Respetando sus últimos deseos, Tere sería enterrada junto a su marido, con su vestido morado, el anillo y el mando de televisión por el que discutieron y rieron a lo largo de su matrimonio.
Había sido una mañana larga, entró en el primer bar que encontró, le recibió un aire cálido y una música tan alegre como el rostro del camarero, Rafael, Rafa para todos, que después de las buenas tardes se dispuso a cantarle el menú del día, con unos nombres tan difíciles de pronunciar. Mientras Rafa volvía a la barra a atender, él se dedicó a releer nuevamente la carta, cuando escuchó un portazo, alzó la vista del menú y vio la espalda que después de 2 veces ya se le hacía conocida, esta vez se fijó en la mochila que llevaba, normalmente las mujeres que había conocido en su vida llevaban bolsos de todos los tamaños, formas y colores pero esta mujer, ahora que la veía bien, esta jovencita, tenía una mochila color vino que a simple vista se podía adivinar que pesaba un par de kilos o más.
En su primer encuentro, solo había escuchado su voz en forma de susurro. Pero ahora era clara, suave y serena, se dirigía a Rafa con familiaridad e incluso con un aire juguetón como cuando los niños piden repetir el postre. E igual que un niño, su mirada se volvió gris por un segundo cuando el camarero le informó que lamentablemente no había los panecillos que buscaba, pero ella con tono decidido amenazaba que volvería al día siguiente. Dirigió nuevamente su mirada a su mesa y decidió pedir algo de la carta al azar, por la descripción parecía apetitoso. Si la chica se atrevía a amenazar con volver, quizá la comida era buena, y mereciese salir de su círculo de confianza.
Antes de abandonar el cálido abrazo del local, Tierras Sureñas, revisó su móvil y con resignación comprobó que aún tenía un trabajo arduo por delante, no sabía por qué ese día estaba siendo más difícil seguir su agenda.
Cuando se despidió de su penúltima cita, le dejó un sabor amargo en la boca. Decir adiós a los niños siempre era difícil, tenían muchas preguntas y sus respuestas eran escasa y nulas para aliviar sus miedos.
Eran las 19:30 y tenía casi tres horas libres por delante antes de poder marcharse a su casa a descansar. Decidió caminar un poco antes de entrar a cualquier lugar a tomar algo, mientras esperaba en un cruce de peatones, vio al otro lado de la calle nuevamente a la chica de la plaza, totalmente distinta a como la había conocido, llevaba un vestido blanco y negro, zapatos con tacón y un abrigo negro en la mano, llevaba el pelo suelto y cuando pasó por su lado, pudo percibir un perfume afrutado pero, quitando todos los artificios, era ella, la chica que se había cruzado en su camino a lo lardo de su día.
Sin otra cosa que hacer, decidió seguirla, aunque resultara un poco acosador, no sabía porque se sentía atraído a ella inevitablemente. Después de recorrer un par de callejuelas, llegaron a una pequeña cafetería, pidió un café americano y una galleta de chocolate, sonrió al ver que compartían los mismos gustos. Aunque era muy tarde para un café si quería dormir después.
Se sentó en la mesa de la esquina, con la espalda de cara a la pared, sacó un pequeño cuaderno y se dispuso a escribir, con los auriculares pegados permanentemente a sus oídos y sin despegar la vista de las palabras que creaba con el bolígrafo azul. Deseaba con tantas ansias saber qué es lo que guardaba aquel cuaderno de pasta negra, sonó el móvil que tenía encima de la mesa.
La vio mirar el móvil con miedo y tristeza, bebió un sorbo de café y contestó.
– ¿Qué quieres? – Nunca imaginó que su voz pudiera sonar tan fría, gélida y cortante como el hielo. No sabía quién estaba al otro lado de la línea – ¿Sabes? No puedo más, Leo. -Hizo uno pausa, sus ojos tan claros se nublaron como cuando el cielo se prepara para una tormenta, una lágrima rebelde se escapó y surcó su rostro, desdibujando su maquillaje. – No necesito explicaciones.
Respiró y decidió colgar sin escuchar más excusas. Sujetaba con tanta fuerza el móvil que sus nudillos se volvieron blancos, cogió el último trozo de galleta y se rio. Dejó escapar todas las lágrimas contenidas, dio el último trago de café, recogió sus cosas, se puso el abrigo y se marchó.
Cuando salió en su búsqueda, la vio caminar unos pasos por delante y desde esa distancia parecía que fueran conjuntados, los dos vestidos de negro. Solo con mirarla sintió un hormigueo por el cuerpo, no había dejado de llorar y él nunca había visto llorar a alguien con tanta dulzura, con elegancia, con una hermosura que le conmovía por dentro. Necesitaba alejarse de ella, de esa criatura que había causado estragos en su no vida.
Cuando miró el reloj comprobó que tenía unos 30 minutos para llegar a su última cita del día, confirmó una vez más la dirección y para su asombro estaba cerca del lugar, podía llegar incluso caminando, tomó la primera calle y se alejó en la oscuridad de la noche.
Sacó nuevamente el móvil, pero esta vez para escuchar música para hacer amena la caminata, necesitaba algo que le distrajese de la chica de la plaza. Toda su vida, tanto en la anterior como en ésta, había sido un ser racional. Su razón siempre había mandado sobre los latidos de su corazón, no había un latido sin su permiso. Las calles cada vez estaban más vacías, su destino estaba a 200 metros, eran las 22:00 en punto, tenía 9 minutos para llegar una vez más puntual a su cita.
Cuando llegó vio un banco solitario, quedaba menos de 5 minutos para que llegara la última persona que vería ese día. Su trabajo no era complicado, después de un siglo se había acostumbrado a él. Básicamente tenía que acudir al último día de vida de las personas, tenía que avisarles que estaban muertos y guiar sus almas durante la transición de la vida a la muerte. Era el trabajo de típico de una parca. Ya no recordaba quien había sido en su antigua vida, hoy por hoy era un simple empleado de los designios del sino.
Lo único que recordaba era los primero años de su no vida, como la parca que antes ocupaba su puesto fue su guía durante los primeros 10 años, le acompañaba durante las visitas que tenía a diario. Le dio una agenda donde recogía las frases estándar para acompañar en el dolor a las personas. Muchas de ellas no eran conscientes de que había exhalado su último hálito de vida. Unos eran más reticentes a marcharse, a otros los tenía que llevar a rastras hacia el infierno o hacia el cielo. Algunas vidas eran más dolorosas que otras, y en algunas otras le daban cierta alegría porque al leer sus fichas de vida, podía comprobar quien había recibido su justo castigo o con quienes el destino se había cebado con malicia y alevosía.
Pero lo que nunca había prestado mayor atención a la lista de nombres que eran seleccionados, eran simples nombres, simplemente rostros desdibujados, fofos y sin gracia.
En medio de la noche, sonó su alarma, quedaba un minuto antes de que llegará el último encargo del día, de repente escuchó un grito, reconoció esa voz enseguida y se dirigió con paso trémulo por medio de los coches, allí estaba ella. Vestida de negro, con rabia y odio en sus ojos, delante de ella había un hombre que llevaba un cuchillo en la mano. Todo cobró sentido, ya había presenciado escenas similares antes, había ya recogido a 15 mujeres en lo que iba de año. 15 vidas que había muerto por amor, un sentimiento para el que las palabras no tenía una definición suficiente, ¿Cómo puedes definir el amor? Por lo menos él no podía, él nunca había amado antes, nunca había conocido a su otra mitad, tal cual lo describía Platón.
Comenzaron a discutir, el tal Leo, quería que volviesen otra vez, con una declaración de amor que pondría en ridículo al mismísimo Romeo, normalmente en este punto, las mujeres enamoradas habrían sucumbido a las dulces palabras, pero él sabía que esta vez no sería así. Había visto a esta chica a lo largo del día, la conocía o por lo menos había entendido que ella era un hermoso enigma.
La había visto perdida, riendo y llorando y cada vez que sus ojos se posaban en ella, su interior se derretía, perdía la noción del tiempo y la razón de su ser. En solo un día aquella chica de mirada inquieta y soñadora le había conquistado y lo que no había conocido en su otra vida y los cien años que llevaba en ésta, ella lo había conseguido. Dio un paso y salió de entre los coches, no podía dejarla morir, no podía dejar que sus ojos dejasen de brillar.
Las 22:09, todo pasó demasiado deprisa incluso para los agudos ojos de una parca, cuando aquel ser inmundo había hecho su trabajo, había clavado el cuchillo de plata en el corazón de aquella mujer, no solo había matado su corazón al haber traicionado su amor, sino que también se encargó de matar poco a poco su confianza en sí misma. La había doblegado, pero en aquellos pequeños encuentros él había visto esa chispa de vida que quería volver a vivir, que quería volver a amar, primero amarse a sí misma y después podría venir más amores.
Cuando se acercó a ella, la vio sujetando su cuaderno negro, tenía la mirada perdida, pero con mucha fuerza habló al aire. Señor, quiero vivir. Nadie antes se había aferrado tanto a la vida. Señor, cuida de mi familia. Nadie antes había sido tan desinteresado. Señor, gracias. Nadie antes había sido tan humilde ante la muerte.
Sujeto su mano aún cálida, recogió el libro del suelo y lo guardo en uno de sus tantos bolsillos. Y decidió decir las primeras palabras fuera del guion establecido. Te esperarán grades cosas, olvida todo el dolor, serás feliz, volverás a ser libre para amar a quien quieras.
La última sonrisa de sus labios la volvió la mujer más hermosa del planeta, de esta vida y de las futuras. La amó desde que la vio y la amará hasta que la vuelva a ver, ojalá sea dentro de muy poco tiempo. Con el ruido de las sirenas se levantó y volvió a meterse dentro de los coches. Después de unos pasos volvió su vista atrás y observó como procedían a llevarse su cuerpo, su alma ya estaba de viaje a miles y miles de eones.
Cuando por fin llegó a su casa, sacó aquel cuaderno de tapas negras y oscuras. Era un diario, o mejor dicho un cuaderno de pensamientos e ideas, no había un hilo conductor. Cada hoja tenía un pensamiento distinto, otros tenían poesías otros tenían lágrimas escondidas. Y todo el conjunto era el corazón hecho de papel y tinta de la mujer que amo en un solo día.

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