La señora Conchita.

Un cuento dentro de miles que guardo

Pasaron años antes de que pisará una biblioteca, la culpa la tendría siempre la señora Conchita, su maestra de primaria. Ella era quien le había mortificación durante su infancia, con esas horas interminables de lectura donde lo único que cabía esperar era un castigo.
Pasó sus años escolares sin pena ni gloria, aborrecía el sistema educativo, así como a todos sus lacayos. Por exigencias de su padre tenía que continuar con sus estudios para ser alguien de provecho, así que optó por la carrera más complicada, sería maestro, atacarla a ese sistema educativo desde dentro, ¿Quién sospecharía de un simple profesor?
Y así comenzó su andadura por la dura carrera de educador, había visto y vivido el maltrato por parte de su profesora y quería que la educación acabará, no les había hecho falta a los primeros hombres que se organizaron en sociedades donde había una jerarquía dependiendo de la fuerza física y del intelecto, no importaba que supieras sumar dos más dos, o que supieras que Cristóbal Colón descubrió América en 1942. Y después de una que otra muerte por el liderazgo, todo volvía a la normalidad, cazar, recoger frutos, comer, dormir o simplemente morir. Pero pronto comenzó a ver las trabas de su plan.
El mismo se había sometido al poder de la lectura, tenía que leer para poder aprender todos los puntos débiles de su contrincante. Tenía que llenarse de conocimientos para poder entablar un debate a profundidad sobre el sentido de la educación y para ello tenía que acudir a la mismísima cueva del lobo, allí donde se hallaba el conocimiento, a fin de cuentas tenía que acudir a la biblioteca donde estarían todos los libros que necesitaba para su discurso.
Cuando entro allí se quedó maravillado, había libros desde el techo hasta el suelo, las paredes en vez de pintura tenían libros, de todos los colores y tamaños, ordenados por temática , había mil mundos y uno más y el no sabía por donde empezar. Acudió al, mostrador con paso trémulo y titubeante y cuando llegó vio algo que le dejó aún más perplejo, unos quince niños iban en fila India cogidos de la mano, con los ojos abiertos y brillando, estaban atentos a las indicaciones del bibliotecario y de una muy avejentada señora Conchita.
Era ella, la habría reconocido aunque estuviera ciego, desde la lejanía percibía ese perfume demasiado dulce, rozando el desagrado y el olor de la lana cuando se moja. Por supuesto que había cambiado, tenía el cabello ralo y gris, recogido en un diminuto moño, las gafas que parecían heredadas y que se le resbalaban cada dos segundos. Aquellas uñas largas y carmesí con las que le pellizcaba cada vez que olvidaba una coma al leer. Era ella, sin duda, era su pesadilla de niñez. Y otra vez se encontraban rodeados de libros sin sentido y su odio renacía.
Siguió al grupo desde la lejanía y no pudo más que rememorar sus años de juventud, y cuando estaba a punto de salir vio algo que le desconcertó, los niños no tenían miedo, no lloraban ni querían escapar de aquel lugar, eran felices y aquella vieja arpía sonreía, estaba sentada en un sofá azul con una niña en su regazo mientras leían con los ojos casi grises, que bailaban sobre las letras como cuando los bailarines saben el son de la música y se deslizan sobre la pista. Ella sabía aquel libro de memoria, sus palabras estaban grabadas en su retina y no necesitaba leerlas.
Confundido y perdido salió de allí, había ido en busca de respuestas, quería destruir todo lo escrito pero al ver la cara de aquellos niños comprendió que no todo lo que le causa dolor a uno, es causa de dolor para el resto, quizá si hubiera visto la sonrisa de su maestra y le hubiera inculcado el amor por los libros, él podría haber conocido nuevos mundos, nuevas historias y habría seguido soñando como una vez lo hizo en el regazo de su madre justo antes de dormir con un libro entre sus brazos.

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