Entrevista a un suicida

CAPÍTULO I

EL CAFÉ AMARGO DE LAS DIEZ

Cuando pensé en escribir está entrevista, tenía claro que no iba a ser un trabajo sencillo, como puedes transmitir todos los sentimientos de una persona en tres mil caracteres que te concede la revista, y sin duda el aspecto más duro era como conseguir que una persona se abriera a ti para contarte su historia.

Una historia que quizá no conozca ni su propia familia.

Ese era mi mayor reto, y el segundo pero no menos era que los lectores llegarán a comprender lo que pasa por la cabeza de una persona suicida.

Aunque por aquel entonces yo aún no lo sabía,  pensaba que iba a entrevistar al escritor de moda de los adolescentes.

Luego me daría cuenta que estaba a punto de conocer a una persona que cambiaría mi vida.

Primero ¿qué entendéis por ser suicida? Es un término complejo porque puedes pensar a grandes rasgos que es aquella persona que ha atentado contra su propia vida, algunos la mayoría pensará que solo es una forma de llamar la atención y nada más, no se preguntan el porqué de ese sentimiento, porqué desean terminar con la vida que sus padres le dieron, o si eres creyente que un ser superior te trajo a este mundo.

Los médicos, psicólogos o psiquiatras más específicamente pueden agrupar las razones psicológicas en varios grupos pero a fin de cuentas es es la decisión final del individuo. Una decisión que puede llevar planeando años, meses, días o quizá sólo en un minuto decide acabar con todo.

Nadie más lo ha empujado a tomar la decisión de quitarse la vida.

Es aquí cuando entró en mi crisis de redactor, como poner en palabras algo de lo que pocas personas hablan.

Se habla muy poco de las enfermedades mentales y muchas de ellas pueden desencadenar que una persona opté por la opción que para muchos es la más simple, quitarse la vida.

No obstante no hay absolutamente nada de simpleza en este pensamiento.

Nada, absolutamente nada de sencillez.

Son las tres de la tarde en el café Varela y mi cita llega tarde, me pregunto si no habré yo llegado tarde a la entrevista. La tensión es cortante, vuelvo a revisar mis notas, ¿ qué actitud debo adoptar? ¿conciliadora? ¿optimista? ¿pesimista? No es que haya leído todos los libros del autor, pero mueve a la juventud a volver la mirada a las hojas de papel en vez de una pantalla de teléfono, así que estoy más ansioso por saber cómo es mi entrevistado.

Supongo que no hay ninguna regla en ningún manual en como tratar cierto tipo de personas, normalmente cuando termino una charla me suelen decir que mi sonrisa es lo que les ha hecho sentir cómodos con las preguntas, en fin, tendré que jugármela.

En los tres años que ha tardado en completar su serie El inicio del fin ha concedido muy pocas entrevistas y ninguna firma de libros. Algo bastante extraño para los escritores actuales que saben que el marketing es lo que les permite seguir adelante en un mundo donde la literatura se va perdiendo.

Ha pasado más de una hora y no se ha presentado, justo cuando estoy a punto de marcharme,  se acerca un repartidor a la mesa, me observa y sin quitarse el casco, me pregunta mi nombre, al contestarle me entrega un sobre, sin remitente,  ni dirección,  dentro hay un pendrive y una carta escrita a mano.

Al abrir el sobre espero encontrar una explicación pero sólo hay una dirección, sólo eso, no hay nada más. Abro mi portátil y conecto el pendrive, esperando encontrarme una respuesta a toda está absurda situación.

Sin embargo lo único que hay son fotografías, una tras otra, antiguas, muchas en blanco y negro, de reuniones familiares, con amigos, y finalmente fotografías del autor sólo, delante de un espejo.

Fotos en blanco y negro, las primeras con una sonrisa y las siguientes es como ver una flor que se va marchitando, puedo sentir como se va rompiendo el alma del escritor, con el pasar de las fotografías, la sonrisa se ha perdido, las ojeras han aparecido y en las últimas sólo hay un brazo cubierto de cicatrices unas más recientes y otras antiguas, y la última está abierta en canal que incluso la cámara no logra enfocar, se nota que el fotógrafo no Tiene la fuerza suficiente de sujetar el lente.

Y después no hay nada. Me apresuro a pagar la cuenta del café que me ha acompañado durante una hora y cojo el primer taxi que encuentro dándole la dirección que contiene la nota. No puedo dejar de ver en mi cabeza esa imagen tan dantesca. Me repito una y otra vez que sólo es una imagen, encuentras miles como esa en Internet pero en el fondo sé que es una imagen real, con certeza ciega sé a quien pertenece ese brazo.

Veo pasar el cuenta kilómetros, nunca he estado en esta zona de la ciudad, se ve triste y desolada, sin vida, los edificios son pequeños, sin color, sólo ladrillos apilados, al final llego a mi destino, es una casa, supongo que no ha sufrido ninguna renovación, se encuentra tal cual fue construida hace más de cincuenta años. La puerta está abierta.

Me encuentro con el cartero que me cuenta que el dueño siempre deja la puerta del jardín abierta para poder acceder al buzón, no es una casa que podrías ver a menudo en Madrid, tiene un pequeño jardín y una fuente coronada con un querubín.

Llamo al timbre con cautela, suena como esos sonidos antiguos, los de las primeras películas con sonido. Espero varios minutos sin obtener respuesta, siento la tensión en el ambiente de la casa, como un peso, como cuando se va a desatar una tormenta, me siento como Dorothy justo antes de que la tormenta la llevase al Reino de Oz. Así que hago lo que se haría en cualquier película, busco una llave de repuesto debajo del felpudo, no la encuentro, sería muy obvio de modo que pienso; ¿dónde la guardaría yo? y sin pensarlo dos veces voy hacia la fuente e intento levantar el angelito lleno de moho, y allí está una llave casi oxidada, olvidada por no se cuánto tiempo, la tomo y abro con premura la puerta, el pasillo está oscuro, busco las luces y no las encuentro, avanzo hasta lo que supongo es el salón de la casa. Y a pesar de la oscuridad logro distinguir lo que ya sabía desde que recibí el paquete.

Un hombre muerto.

O casi.

Allí tumbado en un diván se encuentra la persona a la que iba a entrevistar, allí está lo que sería mi entrevista número treinta. como suponía hay un ordenador, en la mesilla y en el suelo una cámara con el objetivo suelto. No me atrevo a dar un paso más.

Todo lo que ves en televisión muchas veces se queda corto, nunca he sido de películas de terror, pero sin duda esta imagen estaría entre una de las grotescas. Saco el móvil y llamo al 911, contestan al tercer timbrazo, suena una voz de monótona de teleoperador y sólo alcanzó a expresar la situación a grandes rasgos y a dar la dirección que he memorizado sin ni siquiera saberlo.

Es extraño como funciona a veces el cerebro humano.

Sé que debería acercarme al cuerpo a comprobar si aún tiene pulso, pero me siento atado de pies y manos en la entrada del salón un salón que como toda la casa parece haber salido de una película antigua.

Escucho las sirenas acercándose, ya falta poco para saber si está vivo o muerto.

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