Psiquiatra

Subo por el ascensor, son las siete de la tarde, a las siete y dos minutos tengo mi cita con mi médico, no lo he visto en más de dos meses, quizá todos las personas tienen miedo a los doctores, en mi caso, también. El ascenso es lento, tan lento que me ahogo dentro de este cajón de metal.

Al entrar en la sala, está llena, como es costumbre, porqué están todas las personas ansiosas por visitar al médico, no lo sé. Hay de todas las edades, me quedo de pie al lado de una maceta de plástico, todo aquí parece sin vida hasta las plantas.

Saco el móvil, miro la hora, aún me queda quince minutos para mi cita, me gusta llegar puntual, antes de la hora indicada, para cualquier tipo de cita, aunque últimamente las únicas que tengo son con mi psiquiatra, a veces me pregunto, si dejara que entrara más en mi cabeza, podría dejar de asistir a esta cita semanal impuesta ha vista de mi poca mejoría pero enseguida borro ese pensamiento, ni siquiera yo he entrado en el fondo de mi mente para dejar que otros lo haga.

Poco a poco mi pulso se acelera, la opresión en el pecho es cada vez más pesada, y me cuesta respirar, miro mi reloj, sé que aún quedan varias personas por delante, mi doctor, es una persona meticulosa que se toma el tiempo con cada uno de sus pacientes, a veces pienso que lo hace con la sutil ironía de volvernos cada vez más locos, se lo que opinaréis, no todos los que van al psiquiatra están locos en términos clínicos pero es lo que la mayoría de personas opina cuando te ven salir de la clínica, espera que les ataques con un tenedor, o con un hacha cuando se den la vuelta.

Tranquilos, yo soy más peligrosa pero solo contra una persona, yo misma. Así que si alguna vez me veis por la calle, no crucéis de acera, seguramente la que cruce sin pensarlo sea yo, directa contra un coche eléctrico o un KIA último modelo, no se cual sea la forma en la que decida morir, en última instancia, es por eso que estoy aquí, para evitar mi muerte prematura.

Según las estadísticas que publican cada año las empresas que se dediquen a ello, la tasa de suicidios de mujer son elevadas, pero la forma de morir de una mujer suele ser, llamémoslo elegante, lo hacen con mucha discreción, no sabrás que murió por suicidio hasta ya su primer aniversario de fallecimiento, mientras que la tasa de suicidio de los hombres es baja, a ellos les gusta marcharse a lo grande, con sangre, grotesco lo describirían muchos, si saltan de un edificio, lo más probable sea que haya sido un hombre.

En mi caso, como mis padres y mi familia en general me describiría, no tengo nada de femenino, y ello no es malo, es lo que me ha mantenido a flote estos veinte y cinco años de mi vida, por ello supongo que el día en el que decida que la terapia no me va a ayudar, salte del edificio más emblemático de mi ciudad, o simplemente de un puente con vistas a la carretera.

Odio el tic tac del reloj, parece que es lo único que se escucha ahora mismo, eso y el constante fluir de mi sangre en mis oídos. Es pleno verano y veo a todos con su ropa veraniega y soy la única que lleva una camiseta de manga larga, tan larga que roza la punta de mis dedos, pero el último ataque de ansiedad pudo conmigo y me llevo a recorrer tantas casillas como en el monopoli para ir a la cárcel, así que aquí estoy con los brazos vendados para que el mundo no vea mis cicatrices, o mejor dicho mis heridas. si fueran un poco más pequeñas y sin patrón alguno podría inventarme la existencia de un gato juguetón que aun está aprendiendo a utilizar sus pequeñas garras, lastimosamente no es así, ni un lince podría haber hecho un trabajo tan bien cuidado.

Quedan dos personas aún por delante de mi, aún no he decidido si merece la pena quedarme y esperar a que salga y diga mi nombre. Será por razones obvias pero siempre creo que dice mi nombre con un pequeño rentintín como alargando la ere. La verdad que esta es ya mi segunda vez visitando a un especialista, y espero que sea la última.

La primera vez, fue un tanto traumático, y la mayoría de las sesiones me las pasaba en silencio o llorando, no era un gran espectáculo que presenciar, basta decir que no avance absolutamente nada, y en términos médicos el psiquiatra me recordaba a Freud, que simplemente lo reducía todo a los impulsos más primarios del ser humano.

En conclusión me sirvió de muy poco, porque intentaba saber si tenía algún trauma de índole sexual que me reprimía, era como hablar del Ello, yo y superyó, es decir, sólo me sirvió para divagar sobre la teoria freudiana.

Sin avances a la cuarta cita dejé de asistir, no me inspiraba confianza para contarle las miles de historias que recorrían por mi memoria, y sobre todo me consideraba capaz de hacer frente a mis demonios, lo hice, durante un periodo de tiempo adecuado para mi, y poco para otros.

Y como los adictos volví a retomar las viejas pautas hasta que estuve por fin a una escasa hora de morir.

No hubo otra solución que pasar encerrada en una bonita habitación con vistas al sótano del hospital de mi ciudad, el único bonito recuerdo que tengo de esos meses son las historias de los otros locos con los que compartía mi estancia.

Podía leer todo lo que quisiera y dormir, lo malo; las charlas en grupo, a las pocas semanas entendí que si quería salir de ahí tenía que sí o sí hablar para que me dieran el alta, así que como una buena jugadora de póker, podía adivinar lo que querían los médicos de mi, soy una persona culta que lee a los grandes filósofos, escritores y eruditos de mi época y anteriores.

Sin ningún problema podía leer a las personas por lo cual no fue difícil de convencer a los médicos de mis avances y recuperación y salir de ahí. A veces no hay más realidad que una buena mentira.

La única condición tanto para los médicos como para mi familia era que siguiera recibiendo terapia una vez por semana para poder salir. Y siendo sincera estaba harta del color del techo y de las paredes, pero sobretodo estaba hasta el moño del color rojo de la puerta de salida, era como si me llamara cada vez que salía de mi habitación para reunirme en la sala de “hablar de tus sentimientos”

Esa es la verdadera razón por la que estoy aquí esperando a que diga mi nombre, esta vez mi psiquiatra es una mujer, las mujeres son más difíciles de leer, por lo cual va a ser difícil de convencerla que estoy absolutamente bien, querrá ver mis brazos, piernas buscando los rastros de lo ha hecho mi mente, pero solo puedo esperar a que como es nuestra primera cita después de mucho tiempo me pregunte por cosas triviales, es bonito soñar, ¿no creéis?

Cuando ya ha pasado más de una hora sale una mujer de unos cincuenta años con el pelo rizado, mejor dicho ondulado como se llevaba en los años cincuenta, es la fotografía viva del pasado. Lleva un color carmín en los labios, pocas mujeres de su edad pueden llevarlo con orgullo.

Relée la lista, y me da la primera pista de como es. Básicamente porque yo sé de sobra que soy su última paciente.

El juego ha comenzado.

Al escuchar mi nombre, guardo mi libro en el bolso, me pongo de pie y pongo mi cara de póker. Sonrió levemente y me muerdo un poco mi labio pintado de color rojo carmesí.

Señores hagan sus apuestas.

Anuncios

One response to “Psiquiatra

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s