Mundo sin color

Había una vez una chica que vivía feliz en un mundo sin color, veía las cosas en blanco y negro, era todo perfecto, su vida siempre había sido así, de modo que no sabía lo que eran los colores y de lo que se estaba perdiendo, la vida para ella giraba entorno a esos dos colores.

Sus amistades eran iguales a ella, todo su mundo se regía en base a esa dicotomía ¿Por qué cambiar algo que había funcionado tan bien durante sus veinte cinco años de vida?

Todo era de color blanco y negro y no podía ser más feliz.

Hasta que un día salió de noche y se encontró en un nuevo mundo, un mundo de colores, que ni siquiera sabía que existían, no sabía ni siquiera sus nombres, así que su negro y blanco perdieron fuerza, y hubo un color que la llamó a primera vista, el color amarillo.

Iluminaba toda la habitación, iba desde un color tan claro, como el blanco, hasta un color oscuro, casi negro. Era mágico, ver el color, se sentía como una polilla atraída a la luz.

Cruzó la estancia, saltando personas de color rojo, verde, azul, hasta llegar a la que tenía el brillo dorado amarillo, con muy poco disimulo cruzó una mirada y finalmente cayó rendida a sus pies.

Fue una noche distinta, una noche como ninguna otra que había vivido, todo comenzó a cobrar sentido, a cada palabra del chico amarillo, su negro perdía fuerza y su blanco se oscurecía, se preguntaba como podía haber vivido tanto tiempo creyendo que en la vida solo existían dos colores cuando en verdad el mundo tenía una amalgama de colores.

Al acabar la noche, tenía que volver a su vida, tenía que dejar atrás todo lo aprendido, en su mundo no había cabida para más colores, en su vida solo existía el blanco y negro. Así había vivido y así se suponía que moriría.

Echó la vista atrás y se despidió de los colores, tomó su abrigo y salió a la oscuridad, comenzó a caminar por las calles sin nombre de la ciudad, con la mente aun bailando entre colores, cuando sintió una mano entrelazarse con la suya, al mirar comprobó que el chico amarillo había vuelto a su lado y sonreía como si ella fuera la única luz en la noche oscura.

Había un chico que conocía los colores de la vida, tenía amigos de todos los colores, azules, verdes fluorescentes, violetas y rojos como el fuego, incluso muchos de color amarillo, se sentía un color más dentro de tantos, no se sentía especial, a pesar de su color vivo, veía como sus amigos vivían aventuras y brillaban a donde iban, un día a regañadientes decidió salir a conocer la noche en un garito de la ciudad donde se reunían todos a disfrutar de la vida, pero para él era la misma historia de siempre se quedaba aislado, en una esquina pasando desapercibido, en la noche, todos los colores eran protagonistas, menos él.

Fue cuando levantó la vista que vio un color poco común, una chica de blanco y negro, tenía la sonrisa más llamativa que todos los colores del universo juntos.

No supo de donde sacó el valor, pero decidió acercarse a ella.

Cayó en el embrujo de media noche.

Ambos descubrieron que existía otro mundo, otros colores, otras vidas.

Se dijeron adiós.

Se despidieron y nunca más volvieron a verse.

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