Susurros aullantes

Día uno de junio de dos mil  veinte, cuando todos preparaban las uvas allá hace más de seis meses, solo pensaban en los trajes de luces, en los vestidos de corte imperio y escotes de vértigo, entre risas todas las personas del planeta sabían que el año terminaba, pobres y ricos. Unos siendo más pobres y otros más ricos.

Nadie se podía imaginar lo que pasaría, quizá ese brindis sería el último brindis con un ser querido al que no verías más,  porque al cabo de semanas un virus llegó a la especie humana,  un virus, que se extendío por cada país,  atacando a todos las clases sociales, los ricos aún siendo ricos no eran capaces de ver los lujos que tenía a su alcance,  se quejaban en sus redes sociales por no poder salir de compras, por no poder ir de viajes a islas de lujo a tomar el sol. Mientras que los pobres pedían a gritos algo de comida, dejaban a sus muertos en las calles, o quemaban los colchones a falta de información.

El virus parecía que tenía conciencia, cuando más lágrimas veía que se derramaba, mayor era el número de muertos que se llevaba, los supervivientes salían entre aplausos, otros salían a los balcones a aplaudir, dejando constancia de su apoyo a todos aquellos que vestían trajes de astronautas para salvar vidas humanas, otros se apañaban con bolsas de plástico para seguir trabajando y no detener los engranajes del mundo.

El virus no tenía conciencia, los humanos sí.

Los humanos sí, cuando vieron el peligro cerraron fronteras, cerraron las puertas y cerraron el mundo, dejando la vida pública, protegiéndose de lo desconocido,  sin embargo, se olvidaron de los que no tienen ni siquiera techo, mucho menos puertas que cerrar y por ende eran los primeros en caer antes de saber que el virus estaba en sus cuerpos, solo la élite podía subir fotos, llenas de filtros, con caras tristes por no poder salir de fiesta, por estar encerrados en sus casas de doscientos metros cuadrados.

Solo la élite llenaba las redes sociales de hashtags, con fotografías y frases llenas de esperanza, mientras hacían lo que querían, saltándose las normas, las reglas, solo porque pueden, por las apariencias, seguidores, followers, mientras otros son los que mueren.

Y llegó el día en el que no hubo muertos, el noticiero de las diez lo confirmaba, no había ningún fallecido.

Ningún muerto.

Mientras cientos de personas estaban en terrazas bebiendo, olvidándose de esos aplausos en los balcones, olvidándose de la distancia de seguridad, olvidándose de todo lo que el virus nos quitó.

Cero muertos.

Millones de corazones rotos en todo el mundo por todos los que perdieron a alguien, por todos los que aún están luchando en otros rincones del mundo, donde los ricos son ricos, y los pobres son pobres.

Cero muertes.

Miles de personas con las almas rotas.

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