Las tardes de abril

Un día sin más y las tardes de abril se habían marchado.

Un día sin más y estaba encerrada entre cuatro paredes, pero ese nunca fue el problema, siempre me ha gustado estar dentro de casa.

El hospital era por mi seguridad, el color azul claro de las paredes, de las sábanas, abrir los ojos y ver el techo blanco, querer estirar el brazo y sentir la sujeciones en las muñecas.

No era un problema, estar encerrada, no hablar con nadie, esperar a que llegara la enfermera y me diera la siguiente dosis. Lo único bueno era que podía ver desde mi mi cama una ventana con barrotes el pasar del tiempo, el crepúsculo y el amanecer y viceversa.

No era un problema porque era para mantener a salva de mi misma, de las noches oscuras de mi mente donde mis manos obedecían las órdenes cuál monaguillo y mi cuerpo no era más que una hoja rota caída de un árbol en la penumbra del mes de abril.

Me quería muerta.

Porque no me quería.

Estar encerrada no era un problema era la solución, y mi salvación para volver a ver más meses de abril y sentir el frío y el calor de las estaciones del año. Porque me quiero viva.

No quiero morir.

Porque me quiero aunque nadie más lo haga, da igual el tiempo que pase siempre recordaré los barrotes agrietados y oxidados, el olor a bosque y saber que abril llegó y se fue.

Al igual que yo llegué a esta vida y me marcharé cuando el destino lo diga. Un inicio y un comienzo.

Porque me quiero.

Me quiero viva.

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